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Cambio climático, degradación medioambiental, falta de agua, enfermedades, crecimiento rápido de la población, urbanización no planificada: en el mundo de hoy, mayores riesgos y fragilidad amenazan con deshacer los adelantos más importantes en el desarrollo.

Los conflictos, peligros naturales y la inestabilidad política pueden tener un impacto devastador. Los niños malnutridos en sus primeros 1.000 días de vida pueden sufrir un deterioro cognitivo y físico. En tiempos de guerra o desastres, las escuelas son las primeras en cerrar.
Históricamente, las intervenciones humanitarias salvaron innumerables vidas y restauraron los medios de subsistencia de millones. Pero raramente eliminaron las vulnerabilidades de trasfondo.

Cierto, es difícil implementar los programas de desarrollo en contextos frágiles o extremadamente empobrecidos, propensos a crisis recurrentes. Pero la evidencia sugiere que, al embeber la resiliencia en sus intervenciones, los actores del desarrollo pueden reducir los efectos de las conmociones y los factores de estrés, aliviando el sufrimiento humano por más tiempo. .

Por su parte, al adoptar la perspectiva de la resiliencia, la comunidad humanitaria puede asegurar que las personas reconstruyan mejor su entorno luego de desastres. Las medidas de resiliencia, de hecho, son económicas de dos maneras: reducen la necesidad de gastar en respuestas cíclicas ante crisis mientras que ayudan a superar un historial de brechas de desarrollo..

Gracias a medio siglo de experiencia, el Programa Mundial de Alimentos (WFP) ha adquirido una ventaja comparativa en crear resiliencia para la seguridad alimentaria y la nutrición. Invertimos en sistemas de alerta temprana y preparación (incluyendo la administración de cadenas de abastecimiento, logística y comunicaciones de emergencia) que permiten a los gobiernos evitar crisis o responder rápidamente cuando suceden. Estamos ayudando a desarrollar las capacidades nacionales para gestionar los riesgos de desastres a través del financiamiento y de herramientas de transferencia de riesgos, tales como seguros contra el riesgo meteorológico. Nuestra experiencia incluye el análisis y mapeo de vulnerabilidades, así como el apoyo a los sistemas de protección social. En varias de nuestras operaciones hemos desarrollado redes de protección social a través de programas comunitarios de creación de activos: esto significa que, a cambio de asistencia alimentaria, los beneficiarios participan en obras públicas (por ejemplo, proyectos de infraestructura local) que promueven su seguridad alimentaria a largo plazo.

Este creciente acervo de experiencia ha alimentado nuestro entendimiento y ahora nos ayuda a cambiar nuestras prácticas. Hoy en día, donde sea posible, se aplica la “óptica de la resiliencia” a la etapa de diseño del programa y, subsecuentemente, a todas las etapas del ciclo del mismo. Aprendimos que no hay dos entornos iguales y que la colaboración a largo plazo es crucial. En cada contexto, debemos determinar cómo nuestras acciones se pueden aplicar por capas, integrar y secuenciar de la mejor manera en relación a las estrategias de los gobiernos nacionales y los programas de nuestros asociados. La transición actual del WFP a Planes estratégicos de país, en los cuales se evalúan y acuerdan las necesidades y prioridades nacionales de manera conjunta con los gobiernos y los actores locales, debe verse bajo esta luz: los mismos proporcionan un marco de planificación a largo plazo que nos permite incluir la creación de resiliencia en el corazón de nuestros programas.

Más del 80%
de las personas con inseguridad alimentaria en el mundo viven en entornos propensos a desastres y tierras y ecosistemas degradados.
Los primeros 1.000 días de vida
en esta etapa la malnutrición en los niños puede provocar daños cognitivos y fisicos.
218 millones de personas
en promedio fueron afectadas por desastres naturales al año entre 1994-2013.